Fisioterapia en serio

Hoy en día la fisioterapia está al borde de un abismo. De entrada, porque no es imprescindible estudiar fisioterapia para abrir una clínica donde se aplique esta disciplina médica.

Esta desregulación ha permitido un “boom” de establecimientos y empresas que durante las últimas décadas se ha dedicado a vender “salud”. Es fácil darse un paseo por cualquier ciudad española y ver como existen incontables centros que utilizan como títulos las palabras “quiromasaje”, “masaje deportivo”, “osteopatía” (cursos de 3 meses no reglados y sin fundamento) y un largo etcétera, tratando de hacer ver que el paciente será atendido por un profesional sanitario con una formación reglada. Lamentablemente no suele ser así y en su lugar no es difícil encontrar alguien que, con su mejor voluntad y un curso de 3 meses, ya está manipulando articulaciones, músculos y zonas lesionadas. Además del intrusismo profesional que supone, las terapias autodenominadas alternativas desvían al paciente de los tratamientos demostradamente eficaces. El peligro para la salud es obvio.

Por otra parte, están los centros de fisioterapia avalados por compañías aseguradoras en donde sí existen profesionales especializados. Sin embargo, en fisioterapia no existen píldoras mágicas y el tratamiento requiere tiempo y dedicación que son difíciles de obtener en un centro que atiende a cientos de personas cada día. Por consiguiente, el tiempo y con él la calidad del servicio se reducen de forma evidente ¡ah!, y eso si tienes la suerte de que no te coloquen tan solo unas corrientes y un calor te digan que ahí se acabó el tratamiento.

De esta situación los que peor parados salen no somos los profesionales del gremio, si no aquellas personas que no se pueden permitir acudir a una clínica de fisioterapia y rehabilitación de pago y se ven abocadas a esperar como agua de mayo a una tanda de sesiones de rehabilitación expedidas por el sistema sanitario púbico en las que, para más INRI, se ven en un circo ambulante de aparatos de electroterapia y demás maquinaria donde otras veinte personas esperan pacientes la llegada de alguien que por fin les eche un verdadero cable y les procure quitar ese dolor tan apabullante que no les deja dormir. Esto sucede porque cada cuatro años salen diez plazas para toda Euskadi y las listas de espera engordan más que la crema de cacahuete, llegando a verse muchos casos de personas que se quedan con un hombro inmovilizado durante cinco meses para, con mucha fe, llegar a las sesiones de la sanidad pública y darse cuenta de que, además de que es tarde para empezar la rehabilitación, aquello es peor que el timo de la estampita.
Los excelentes profesionales del sistema sanitario público se encuentran habitualmente sobrepasados por la demanda y, en algunos casos, no disponen del tiempo necesario para aplicar lo que el paciente realmente requiere.
Por último, existen clínicas de fisioterapia en las que se trabaja con mucha calidad en el servicio, aplicando la infinidad de conocimientos aprendidos a lo largo de nuestra formación y nuestra experiencia.

Mientras en otros países la fisioterapia goza de una regulación estatal y una calidad asistencial óptimas, en España el sector sufre actualmente una fuerte crisis y una parte de la sociedad cree que un fisioterapeuta es algo así como un “técnicos de corrientes” o un “masajista expres”. Está en mano de todos, pacientes, sanitarios y administraciones que esta situación cambie, que seguro que cambiará y se reconocerá el valor de esta profesión maravillosa que ayuda a vivir, repara lesiones, suprime el dolor y, en definitiva, procura una mayor calidad de vida.

Escrito por Juan Gorostiza
Asociado de la Clínica Alhóndiga

 

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